espíritu la necesaria libertad para estudiar al primer golpe de vista el nuevo sitio que se le presenta.
El marinero agitado, el buque movible, el ruido del agua sobre la arena y gritos e impa-ciencia de los que esperan en la orilla; son los distintos detalles de esa sensación que se resume en una sola palabra: vacilar.
Sólo después de haber desembarcado y de estar unos minutos en la orilla, vio Artagnan en el puerto, principalmente en el interior de la isla, agitarse un mundo de trabajadores.
Artagnan reconoció las cinco chalanas cargadas de piedras que viera salir del puerto de Piriac. Las piedras eran transportadas, a la orilla por medio de una cadena formada por veinticinco o treinta campesinos.
Estas piedras, de gran preso, eran cargadas en carretas, que las conducían al sitio de los trabajos, cuyo valor y extensión aún no podía apreciar Artagnan.
En todas partes reinaba una actividad igual a la que observó el mozo al desembarcar en Salento.
Muchas ganas tenía Artagnan de penetrar, más adelante, pero no podía, so pena de hacerse sospechoso, dar lugar a la desconfianza. Sólo adelantaba paulatinamente sin pa-sar apenas la línea que los pescadores formaban en la playa, observando todo, no dicien-do nada, y marchando delante de todas las suposiciones que se pudiesen hacer con una pregunta estúpida o un saludo cortés.
En tanto que sus compañeros hacían su comercio, ponderando y vendiendo su pescado a los obreros y habitantes de la isla, nuestro hombre ganaba terreno poco a poco, y viendo la poca atención que le prestaban, comenzó a fijar miradas inteligentes y seguras en hom-bres y cosas que aparecían a sus ojos.