––Sí, pero vos mismo, ¿qué hacéis con ese traje de paisano? Artagnan comprendió que había cometido una falta dejándose llevar por la sorpresa. Porthos se había aprovechado de ella para responder con una pregunta.
Feamente, Artagnan la aguardaba, y dijo:
––Ya sabéis que soy paisano, por consiguiente, nada tiene de extraño el vestido, porque está de acuerdo con mi condición.
–– ¡Cómo es eso! ¡Vos, un mosquetero!
––Ya no lo soy, mi buen amigo; presenté la dimisión.
––¿Y habéis abandonado el servicio?
––Lo he abandonado.
––¿Y habéis dejado al rey?
––Justamente.
Porthos levantó los brazos al cielo, como quien escucha una noticia inesperada.
––¡Oh! Eso sí que me confunde ––dijo.
––Pues sin, embargo, así es.
––¿Qué os ha motivado a determinar eso?
––El rey me disgustó, Mazarino me disgustaba hacía mucho tiempo, como sabéis, y he ahorcado la casaca.
––Pero Mazarino ha fallecido.
––¡Bien lo sé, pardiez! Pero en la época de su muerte ya hacía dos meses que estaba presentada y aceptada mi dimisión; estando entonces libre corrí a Pierrefónds, para, ver a mi querido Porthos; había oído hablar de la feliz división que tenía hecha del tiempo, y pensaba distribuir el mío con el vuestro una quincena de días.
––Amigo mío, ya sabéis que mi casa está abierta para vos, no por quince días, sino por un año, por diez, o por toda la vida.