topógrafo, no estaba bien enterado de los secretos del Estado.
Su perfecta ignorancia hubiera pasado por un prudente disimulo para cualquier otro. Pe-ro Artagnan conocía muy bien todos los pliegues y repliegues de su Porthos, para no, descubrir un secreto en él, si lo había, como los antiguos dependientes de un estableci-miento saben buscar con los ojos cerrados cualquier género que se les pida.
Y si Artagnan nada había encontrado plegando y desplegando a su Porthos, era porque realmente no había nada.
––Ea ––dijo Artagnan––. Yo sabré más en Vannes en media hora que Porthos ha sabido en Belle Isle en dos meses; mas a fin de que yo sepa alguna cosa, importa que Porthos no use de la única estratagema para que le conozco disposición. Es menester que no prevenga a Ararmis de mi llegada.
Todos los cuidados del mosquetero se limitaron, pues, por el momento, a vigilar a Port-hos.
Y, apresurémonos a decirlo Porthos no merecía aquella desconfianza excesiva. Porthos no pensaba de ningún modo nada malo. Tal vez, al encontrarse, Artagnan le había inspi-rado alguna desconfianza, mas casi al propio tiempo Artagnan había reconquistado en aquel bondadoso y valiente corazón el lugar que siempre había ocupado, y ni la más lige-ra nube obscurecía la mirada de Porthos, al fijarla de vez en cuando, con cariño sobre su amigo.
A1 desembarcar informóse Porthos de si le aguardaban sus caballos; y, en efecto, los divisó en la encrucijada del camino que da la vuelta alrededor de Sarzeau, y que sin atra-vesar esta ciudad conduce a Vannes.
Los caballos eran dos: una del señor Barón y otro de su escudero. Porque Porthos tenía un escudero desde que Mosquetón usaba del carricoche como único medio de locomo-ción.