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obispado, entró Aramis como un triunfador: los soldados le presentaban armas como a un superior, y el pueblo le saludaba como a un compañero más bien que como a un jefe religioso.
   En el mismo umbral tuvo una conferencia de medio minuto con un jesuita que, para hablarle más discretamente metió la cabeza debajo del palio.
   Luego entró en su casa; las puertas se cerraron lentamente, y la multitud se marchó mientras que todavía resonaban los cánticos religiosos.
   Era aquel un día espléndido; había perfumes terrestres mezclados a los perfumes atmos-féricos y marinos. La ciudad respiraba felicidad y fuerza.
   Artagnan sintió cómo la presencia de una mano invisible que había creado aquella fuer-za, gozo y felicidad, derramando perfumes por todas partes.
   –– “ ¡Oh!––pensó––. Porthos ha engordado, pero Aramis ha. crecido.”

   Capítulo 73.- La Pompa del Obispo de Vannes

   Los dos amigos habían entrado en el palacio episcopal por una puerta especial, conoci-da únicamente de los amigos de la casa.
   Porthos había servido de guía a Artagnan. El digno barón se comportaba como si estu-viera en su casa. Sin embargo, fuese por reconocimiento tácito a la santidad de la persona de Aramis y de sin carácter, o por costumbre de respetar aquello que le imponía moralmente, conducta que siempre había hecho de Porthos un soldado modelo y un corazón excelente, la verdad es que Porthos guardó en casa de Su Ilustrísima el obispo de Vannes una especie de reserva que Artagnan notó al instante en la actitud que tomó con los sir-vientes y comensales.
   Esta reserva no llegaba, sin embargo, al extremo de privarse de preguntar.
   Entonces supieron que Su Ilustrísima había entrado en sus habitaciones, y que pronto se presentaría, en la intimidad, menos majestuoso que con sus

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