ornamentos.
En efecto, después de un cuarto de hora escaso, que pasaron Artagnan y Porthos en mi-rarse mutuamente el blanco de los ojos, y en volver éstos del Norte al Mediodía, se abrió una puerta de la sala y apareció Su Ilustrísima en traje ordinario y, completo de prelado.
Aramis llevaba la cabeza erguida, como hombre acostumbrado al mandato.
Aún conservaba el fino bigote y la perilla real en punta del tiempo de Luis XIII.
Al entrar exhaló ese perfume delicado que, entre los hombres elegantes, coma entre las mujeres del gran mundo, no varia nunca, y que parece estar incorporado la persona de la cual se ha hecho emanación natural.
Sólo que esta vez había retenido el perfume algo de la sublimidad religiosa del incien-so; no trastocaba, pero penetraba; no inspiraba el deseo, pero sí el respeto..
No vaciló un momento al entrar en la sala, y sin pronunciar una palabra que, como quiera que fuese, habría sido fría en tal ocasión, se fue derecho al mosquetero tan bien disfrazado bajo el traje del señor Agnan, y lo estrechó en sus brazos con una ternura que el más desconfiado no hubiese podido encontrar sospechosa de frialdad o de afectación.
Artagnan, por su parte, también lo abrazó con igual ardor. Porthos apretó la mano deli-cada de Aramis entre las suyas enormes, y Artagnan observó que Su Ilustrísima le apretaba la izquierda, probablemente por costumbre, en atención a que Porthos debía haberle martirizado algunas veces los dedos, estrujándolos entre los suyos, adornados de sortijas. Aramis desconfiaba, advertido por el dolor, y sólo presentaba carne que rozar y no dedos que oprimir contra el oro o las facetas de diamantes.
Aramis miró de frente entre dos ventanas, ofreció una silla a Artagnan,