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   Artagnan le dejó marchar.   
   –– ¡Bueno! ––dijo cuando la puerta se cerró ––, a las cinco me levantaré.
   Después de tomar esta resolución se acostó tranquilamente.

   Capítulo 73.- Porthos Comienza a Enfadarse de Acompañar a Artagnan

   Apenas había apagado Artagnan su bujía, cuando Aramis, que acechaba a través de las cortinas el último suspiro de la luz del aposento de su amigo, atravesó el corredor de pun-tillas y pasó a la habitación de Porthos.
   El gigante, acostado hacía hora y media o poco menos, se daba importancia sobre el. cubrepiés. Estaba en aquella calma feliz del primer sueño que en Porthos, resistía al ruido de las campanas y del cañón; su cabeza fluctuaba en ese dulce balanceo que recuerda el muelle movimiento de un navío. Un minuto después iba a soñar Porthos.
   La puerta de su cuarto se abrió dulcemente bajo la delicada presión de la mano de Ara-mis:
   ––El obispo se acercó al durmiente. Una alfombra espesa apagaba el ruido de sus pasos; además, Porthos roncaba como para sofocar cualquier otro ruido.
   Púsole una mano sobre el hombro.
   ––¡Vamos ––dijo––––, mi querido Porthos!
   La voz de Aramis era dulce y afectuosa, pero encerraba, más que un ruego, una orden; su mano era ligera, pero indicaba algún peligro.
   Porthos oyó la voz y sintió la mano de Aramis en lo profundo de su sueño.
   Y estremecióse.
   ––¿Quién va? ––dijo con voz de gigante:

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