he llegado.
––Hablad pronto ––dijo Fouquet, cerrando la puerta del gabinete. ¿Permanecemos so-los?
––Completamente solos.
––¿No puede escucharnos nadie? ¿No puede oírnos alguno?
––Estad tranquilo.
––¿Ha llegado el señor Du Vallon?
––Ha llegado.
––¿Y habéis recibido mi carta?
––Sí; el asunto es grave, a lo que parece, puesto que necesita vuestra presencia en París en un momento tan crítico allá.
––Es verdad; no puede ser más grave.
––Gracias, gracias. ¿De qué se trata?
––Pero, por Dios, respirad antes de todo, querido amigo; estáis pálido.
––Padezco, en efecto; pero, por favor, no os cuidéis de mí. ¿El señor Du Vallon no os ha dicho nada al entregaros la carta?
––No; oí un gran ruido, me asomó a la ventana, y vi una especie de caballero de már-mol; bajé, me tendió la carta, y cayó muerto su caballo.
––Pero, ¿y él?
––El también cayó con el caballo, y lo levantaron para conducirlo a las habitaciones; leí la carta y he querido subir a fin de tener noticias más extensas; pero estaba dormido de tal manera, que no ha sido posible despertarlo. Tuve lástima de él y mandé que le quitasen las espuelas y le dejasen tranquilo.
––Bien; oíd ahora de lo que se trata, señor: Habéis visto al señor de Artagnan en París, ¿no es verdad?
––Ciertamente; y es un hombre de talento y aun de corazón; por más que