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más que el gigante de granito acostado en la llanura de Agrigente.
   Por orden de Pellisson, un ayuda de cámara ocupóse en cortarle las botas, porque nin-gún poder del mundo hubiera podido arrancárselas.
   Cuatro lacayos lo habían intentado en vano, tirando de ellas como de cabrestantes.
   Ni siquiera lograron despertar a Porthos:
   Quitáronle las botas a tiras, y cayeron sus piernas sobre el lecho; le cortaron el Testo de sus vestidos, lo llevaron a un baño, donde estuvo una hora; envolviéronlo en un lienzo blanco y lo introdujeron en una cama caliente, todo con esfuerzas y trabajos que hubieran incomodado a un muerto, pero que ni siquiera hicieron abrir un ojo a Porthos; ni inte-rrumpieron un instante el órgano formidable de sus ronquidos.
   Aramis, de naturaleza seca y nerviosa, armado de un valor exquisito, quería por su parte desafiar el cansancio y trabajar con Gourville y Pellisson; pero se desmayó en la misma silla donde se obstinaba en permanecer.
   De, allí lo levantaron para llevarlo a una cámara contigua, donde el reposo del lecho devolvió la calma al cerebro.

   Capítulo 75.- El Sr. Fouquet Obra

   Mientras tanto Fouquet corría hacia el Louvre al galope tendido de su tiro inglés.
   El rey trabajaba con Colbert. De pronto quedó el rey pensativo: aquellas dos sentencias de muerte que había firmado al subir al trono, se presentaban de cuando en cuando en su memoria.
   ––Señor ––dijo al intendente––. Aveces creo que esos dos hombres que habéis hecho condenar no eran tan grandes culpables.
   ––Majestad, fueron elegidos entre la multitud de arrendadores que había

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