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necesidad de diezmar.
   ––¿Elegidos por quién?
   ––Por la necesidad, Majestad –– respondió Colbert secamente.
   ––¡La necesidad! ¡Gran palabra! murmuró el joven rey!
   –– Grandiosa, Majestad.
   ––Eran dos amigos muy adictos al superintendente, ¿no es verdad?   
   –– Majestad, dos amigos que hubieran dado su vida por el señor Fouquet.
   ––Y la han dado, señor ––dijo el rey.
   ––Es verdad, pero inútilmente, por fortuna, lo cual no era su intención.
   –– ¿Cuánto dinero habían derrochado esos hombres?
   ––Diez millones, poco más o menos, de los cuales se les han confiscado seis.
   ––¿Y esa suma está en mis cajas? ––preguntó el rey con repugnancia.   
   ––Allí está, Majestad; pero, por más que esta confiscación. haya amenazado al señor Fouquet, no le ha alcanzado.
   –– ¿Y qué deducís, señor Colbert?
   ––Que si el señor Fouquet subleva contra Vuestra Majestad una tropa de facciosos para arrancar a sus amigos del tormento, sublevará un ejército cuando se trate de librarse él mismo del castigo.
   El rey lanzó sobre su confidente una de esas miradas que se parecen al fuego de un re-lámpago de tempestad; una de esas miradas, que van a iluminar las tinieblas de las más profundas conciencias.   
   ––Me sorprende ––dijo–––, que pensando tales cosas del señor Fouquet no me déis ningún consejo.
   ––¿Qué consejo, Majestad?   
   ––Decidme primero, claramente, exactamente, lo que pensáis, señor Colbert.

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