Majestad esta misma noche.
–––Entonces ––dijo el rey–– serán dos millones quinientas mil libras.
––Majestad, las quinientas mil libras que sobran serán para el bolsillo de Su Alteza Re-al. ¿Oís, señor Colbert? Esta noche antes de las ocho.
Y, saludando al rey con respeto, el superintendente hizo hacia atrás su salida, sin honrar siquiera con una mirada al envidioso, cuya cabeza acababa de cortar a medias.
Colbert desgarró de rabia sus puños de encaje, y se mordió los labios hasta sangrar.
Aún no estaba Fouquet en la puerta del gabinete, cuando pasando el ujier a su lado, di-jo:
––Un correo de Bretaña para Su Majestad.
––Tenía razón el señor de Herblay ––pensó Fouquet sacando su reloj––, una hora cin-cuenta y cinco minutos. ¡Ya era tiempo!
Capítulo 76.- Artagnan por fin Alcanza su Despacho de Capitán
El mensajero era fácil de reconocer.
Era Artagnan, con el traje lleno de polvo, el rostro inflamado, los cabellos goteando su-dor y las piernas contraídas; levantaba penosamente los pies a la altura de cada escalón, en los cuales resonaban sus ensangrentadas espuelas.
En el instante mismo en que atravesaba el umbral vio a Fouquet. Éste saludó con una sonrisa a quien una hora antes le traía la ruina o la muerte.
Artagnan encontró en su bondad de alma y él su inextinguible vigor corporal bastante presencia de espíritu para recordar la buena acogida de aquel hombre, y también le salu-dó, más bien por benevolencia y por piedad que por respeto.