Y sintió en sus labios esta palabra que fue repetida tantas veces al duque de Guisa:
–– ¡Huid!
Mas pronunciar esta palabra era hacer traición a una causa; decirla en el gabinete del rey y delante de un ujier, era perderse gratuitamente sin salvar a nadie.
Artagnan se contentó con saludar a Fouquet, sin hablarle, y entró. En el mismo momen-to fluctuaba el rey entre la sorpresa que acababan de producirle las últimas palabras de Fouquet y el placer de la vuelta de Artagnan.
Sin ser cortesano, tenía Artagnan la mirada tan rápida y segura como si lo fuese.
Al entrar leyó la humillación devoradora en la frente de Colbert. Y aún pudo oír estas palabras, que le decía el rey:
––¡Ah, señor Colbert! ¿Conque teníais novecientas mil libras en la superintendencia?
Colbert, sofocado, se inclinaba sin responder.
Toda esta escena entró a la vez en el ánimo de Artagnan por los ojos y los oídos.
Las primeras palabras de Luis XIV a su mosquetero, como si hubiese querido hacer contraste con lo que decía en aquel momento, fue un ”buenos días” afectuoso.
Las segundas, un adiós a Colbert. Este salió del gabinete, lívido y vacilante; mientras Artagnan se retorcía las guías del bigote.
––Me place ver ese desorden en uno de mis servidores ––dijo el rey admirando el mar-cial continente del traje de su enviado.
––Efectivamente, Majestad ––dijo Artagnan––, he creído que mi presencia