bien, puesto que no le he alcanzado hasta más allá de Orleáns.
––¡Mi tío Gastón! ––exclamó Luis apoyando la mano en su frente, y encerrando en es-tas tres palabras todos los sentimientos que le recordaban este nombre.
––¡Eh! Sí, Majestad, así es ––dijo Artagnan respondiendo al pensamiento del rey––; el pasado vuela.
––Verdad es, señor; pero nos queda, gracias a Dios, el porvenir, y ya trataremos de no hacerlo demasiado sombrío.
––Para eso confío en Vuestra Majestad ––dijo el mosquetero inclinándose––. Y ahora...
––Sí, tenéis razón; olvido las ciento diez leguas que acabáis de correr.. Marchaos, se-ñor, y, cuando hayáis reposado, venid a tomar mis órdenes.
Artagnan se inclinó y salió.
Y, como si sólo hubiera venido de Fontainebleau, se puso a recorrer el Louvre en busca de Bragelonne.
Capítulo 77.- El Enamorado y la Amada
Mientras los cirios ardían en el castillo de Blois, alrededor del cuerpo inanimado de Gastón de Orleáns; mientras los vecinos de la ciudad hacían sus oraciones fúnebres, que estaban lejos de ser un panegírico; mientras Madame, viuda, sólo se acordaba ya de que en sus verdes años había amado aquel cadáver hasta el punto de huir del palacio paterno por seguirlo, y hacía a veinte pasos de la sala mortuoria, sus cálculos de interés y sus sa-crificios de vanidad, otros intereses y otros orgullos se agitaban en todas partes del casti-llo donde había podido penetrar un alma viviente.
Ni el triste clamoreo de las campanas, ni las voces de los sochantres, ni el resplandor de los cirios que brillaban a través de los cristales, ni