el resplandor de los cirios que brillaban a través de los cristales, ni los preparativos del entierro, pudieron distraer a dos personas colocadas en una ventana del patio interior, ventana que ya conocemos, y que daba luz a una sala que formaba parte de las llamadas habitaciones pequeñas.
Un alegre rayo de sol, pues el sol parecía inquietarse muy poco de la pérdida que aca-baba de sufrir Francia, bajaba sobre ellas esparciendo los perfumes de las flores vecinas y animando á las mismas paredes.
Estas dos personas tan ocupadas, no en la muerte del duque, sino en la conversación consecuente a esa muerte, eran un joven y una joven.
Este último, mozo de veinticinco a veintiséis años, poco más o menos, de rostro un tan-to despejado y un tanto socarrón, movía dos ojos inmensos, cubiertos de largas pestañas, sonreía con una boca enorme, pero bien formada, y su barba puntiaguda que parecía go-zar de una inmovilidad que la naturaleza no suele conceder a este norte del rostro, alargá-base muy amorosamente hacia su interlocutora, que no retrocedía siempre tan rápidamen-te como las estrictas consideraciones tenían el derecho de exigir.
Ya conocemos a la joven, pues la hemos visto en la misma ventana y a la luz del mismo sol, y ofrecía un singular contraste de delicadeza y reflexión.
Era lindísima cuando reía, y hermosa cuando estaba seria; pero muchas más veces esta-ba encantadora que hermosa.
Ambas personas parecían haber llegado al punto fulminante de una discusión, entre fes-tiva y grave.
–– Vamos, señor Malicorne ––decía la joven––, ¿cuándo os parece que hablemos razo-nablemente?
––¿Creéis que es fácil, señorita Aura ––replicó el joven––, hacer lo que