interrupción; pero contaba con la elocuencia de sus gestos.
La anciana dama ni veía ni oía nada; hacía mucho tiempo que Malicorne era una de sus antipatías.
Mas su cólera era demasiado grande para no desbordarse desde Malicorne a su cómpli-ce.
También hubo para Montalais.
––Y Vos, señorita, sabed que advertirá a Madame de lo que pasa en el cuarto de una de sus doncellas de honor.
–– ¡Oh! Madre mía ––murmuró la señorita de La Vallière––, ahorrad...
––Callaos, señorita, y no os canseis en vano en interceder por sujetos indignos; que una joven honrada como vos sufra el mal ejemplo, ya es una desgracia bastante grande; pero que lo autorice con su indulgencia, eso es lo que yo no sufriré.
––Pero, verdaderamente –– dijo Montalais rebelándose al fin––, no sé con qué pretexto me tratáis así. Me parece que no hago nada malo.
––Y ese holgazán, señorita –– añadió Madame de Saint-Remy señalando a Malicorne–– ¿está aquí para hacer cosa buena? ¡Decid!
––No está aquí ni para nada malo ni para nada bueno; viene a verme y nada más.
––Está bien ––dijo madame de Saint-Remy––. Su Alteza Real será enterada y juzgará.
––Y, en todo caso ––contestó Montalais––, no veo por qué ha de prohibirse al señor Malicorne que ponga los ojos en mí, cuando su intención es honrada.
––¡Intención honrada con semejante figura! ––exclamó la de Saint-Remy.
––Os doy las gracias en nombre de mi figura, señora ––repuso Malicorne.
––Venid, hija mía; llegad ––continuó la vieja––, vamos a decir a Madame