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Su Majestad.
   Los restantes fueron apostados por el oficial, que exploró por sí mismo en cinco minu-tos todas las localidades, con ese golpe de vista frío y seguro que no .da siempre la cos-tumbre, pues el de que hablamos pertenecía al genio.
   Cuando todos estuvieron colocados, escogió para su cuartel general la antecámara, en la cual encontró un gran sillón, una lámpara, vino y pan seco. Atizó la lámpara, bebió medio vaso de vino, plegó sus labios con sonrisa henchida de expresión; instaláse en el gran sillón y dispúsose a dormir.

   Capítulo 9.- El Desconocido de la Hostería Los Médicis Revela su

Incógnito
   Este oficial, que dormía o que se preparaba a dormir, era el encargado, sin embargo, y a pesar de su aire distraído, de una grave responsabilidad.
   Teniente de mosqueteros de Su Majestad, mandaba la compañía llegada de París, que constaba de ciento veinte hombres pero, a excepción de los veinte de que hemos hablado, los otros cien estaban ocupados en custodiar à la reina, y, sobre todo, al señor cardenal.
   Julio Mazarino economizaba los gastos de viaje de sus guardias, y en consecuencia usaba de los del rey con la mayor largueza pues tomaba cincuenta de ellos para su perso-na; particularidad que no hubiese dejado de parecer extraña para cualquiera poco acos-tumbrado a los usos de esta corte.
   Lo que no hubiese dejado mucho más de parecer, si no extraño, extraordinario al me-nos, es que la parte del castillo destinada al señor cardenal, estuviera iluminada. Allí montaban la guardia mosqueteros en todas las puertas, y no dejaban entrar a nadie sino a los correos que,

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