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complacencia alas travesuras del conde de Guiche. Cuando su noble compañero robaba alguna fruta destinada a la señora mariscala; cuando rompía un cristal o sacaba los ojos a un perro, Manicamp declarábase culpable del crimen cometido, y recibía el castigo, que no era más dulce por caer sobre un inocente.
   Pero también le era pagado este sistema de abnegación. En vez de llevar vestidos me-dianos, como lo exigía la fortuna paterna, podía presentarse brillante y soberbio, como un señor de cincuenta mil libras de renta.
   Y no porque fuera vil de carácter o humilde de espíritu era filósofo, o más bien tenía la indiferencia y la apatía que apartan del hombre todo sentimiento del mundo jerárquico. Su única ambición era derrochar.
   Y bajo este aspecto, era un abismo el bueno de Manicamp.
   Tres o cuatro veces al año, generalmente, arruinaba al conde de Guiche, y cuando el conde de Guiche estaba muy arruinado; cuando había vuelto y revuelto su bolsa declarando que era necesario recurrir, lo menos por quince días, a la beneficencia paterna para llenar bolsa y bolsillos, Manicamp perdía toda energía, se metía en cama, no comía, y vendía todos sus vestidos so pretexto de que estando acostado no necesitaba de ellos.
   Durante esta postración de fuerzas y de espíritu, llenábase la bolsa del conde de Guiche, desbordándose en la de Manicamp, que compraba nuevos vestidos, vestíase y daba prin-cipio a la misma vida de antes.
   Esa manía de vender sus vestidos nuevos por la cuarta parte de lo que valían, habían hecho a nuestro héroe bastante célebre en Orleáns, ciudad a donde generalmente, y sin que sepamos por qué iba a pasar sus días de penitencia.
   Los elegantes de provincias se repartían los restos de su opulencia.
   Entre los admiradores de estos espléndidos vestidos brillaba nuestro

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