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hasta de viaje, siempre acompañaban al cardenal para su corresponden-cia.
   Veinte hombres estaban do servicio en el departamento de la reina madre, y descansa-ban treinta a fin de relevar al día siguiente a sus compañeros.
   En la: parte que habitaba el rey, par el contrario, sólo había silencio, soledad y `obscu-ridad. Cerradas las puertas, no existía la menor apariencia de monarquía, y poco a poco se habían retirado todas las gentes de servicio. El príncipe había enviado a interrogar si Su Majestad necesitaba de sus oficiales, y a un no del teniente de mosqueteros, que tenía la costumbre de preguntar y responder él propio, todo comenzó a dormir como en la casa de un ciudadano.   
   Y, sin embargo, había que oír desde la parte del edificio habitada por el joven rey, las músicas de la fiesta, y ver las ventanas ricamente iluminadas del gran salón.
   Diez, minutos después de su instalación, Su Majestad pudo conocer, por cierto movi-miento más marcado que el que acompañó a su salida de la sala, la que hacía el cardenal, a su vez, caminando al lecho con nutrida escolta de damas y caballeros.
   Para distinguir, todo este movimiento, sólo tenía que mirar por la ventana, cuyos posti-gos no se habían cerrado.
   Su Eminencia atravesó el patio conducido por Monsieur en persona, que le alumbraba con una antorcha; en seguida pasó la reina madre, a quien Madame daba el brazo fami-liarmente, cuchicheando las dos como antiguas amigas.
   Todo desfiló detrás de estas dos parejas, damas, pajes y oficiales; las dos antorchas iluminaron todo el patio como un incendio de movibles reflejos, y luego el ruido de los pasos y de las voces fue perdiéndose en los pisos superiores del castillo.
   Entonces nadie pensó ya en el rey, que; de codos en la ventana, había

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