paño, que era él quien pagaba todas aquellas carcajadas, todos aquellos besos furtivos, y todos los cuchicheos y planes que formaban una cadena de cuarenta y cinco leguas entre el palacio de Blois y el Palacio Real.
Capítulo 80.- Manicamp y Malicorne
Malicorne salió, según ya hemos dicho; y fue en busca, de su amigo Manicamp, que es-taba de retiro momentáneo en la ciudad de Orleáns.
Y era precisamente en el instante en que este calavera se ocupaba en vender el último vestido que le quedaba. Quince días antes había pedido al conde de Guiche cien doblones, los únicos que podían ayudarle a ponerse en campaña para salir al encuentro de Ma-dame, que llegaba al Havre.
Tres días antes sacó de Malicorne cincuenta doblones, precio del diploma conseguido para Montalais.
Nada esperaba ya, habiendo agotado todos los recursos, sino vender un hermoso vesti-do dé raso, bordado y pasamentado de oro, que fuera la admiración de la Corte.
Pero por verse obligado a vender este vestido, último que le quedaba, también se vio constreñido a meterse en la cama.
Y solamente tenía el sueño para reemplazar las comidas, las compañías y los bailes.
Se ha dicho: “Quien duerme come”; pero no se ha dicho: “Quien duerme juega”, o “quien duerme baila”.
Reducido al extremo de no jugar o de no bailar en ocho días por lo menos, estaba Ma-nicamp muy triste, esperando a un usurero, y vio entrar a Malicorne.
Al verlo, exhaló un grito de angustia.
––¡Cómo! ––dijo con tono que nadie podría pintar––. ¡Otra vez vos, querido amigo!