Malicorne descansó dos horas y se dispuso a continuar su camino. Por la noche llegó a París, apeóse en una posada donde siempre tenía costumbre de parar, y a las ocho del día siguiente se :presentó en el palacio Grammort.
Ya era hora de que Malicorne llegase.
El conde de Guiche se preparaba a despedirse de Monsieur, antes de salir para El Hav-re, adonde lo mejor de la nobleza de Francia iba a recibir a Madame, que llegaba de In-glaterra.
Malicorne pronuncio el nombre de Manicamp, y al instante fue introducido.
El conde de Guiche permanecía en el patio del palacio Grammort, revisando sus trenes y caballos, que' los escuderas y picadores hacían pasar por delante de él.
El conde elogiaba o criticaba delante de sus subordinados los vestidos, caballos y arne-ses que acababan de llevarle cuando en medio de esta importante ocupación fue dicho el nombre de Manicamp.
–– ¡Manicamp! ––exclamó––. ¡Que entre, pardiez, que entre!
Y dio algunos pasos hacia la puerta.
Malicorne se deslizó por aquella puerta entreabierta, mirando al conde de Guiche, sor-prendido de ver un semblante extraño en lugar del que esperaba.
––Perdonad, señor conde ––dijo––, creo que se han equivocado anunciándoos al mismo Manicamp; pero yo no soy mas que un emisario suyo.
––¡Ah! ––dijo Guiche con más frialdad––. ¿Y qué me traéis?
––Una epístola, señor conde. Malicorne se la presentó, observándole el rostro.
––El conde leyó y se echó a reír. ¡Otra camarista!. . . ¡Vaya!. Ese tunante de Manicamp protege a todas las camaristas de Francia. Malicorne