El pobre amante había oído. No así Malicorne, que ya estaba fuera del alcance de su voz.
––¿Por qué se habla aquí de Luisa? ––se preguntó Raúl––. ¡Oh! ¡El cielo libre a, War-des de hablar una palabra de ella delante de mí!
––Vamos, señores ––gritó el conde de Guiche––; ¡en marcha!
En aquel momento apareció en la ventana el príncipe, que ya había acabado de embe-llecerse.
Capítulo 83.- En el Havre
La escolta toda le aclamó, diez minutos después, bandera, bandas y plumas flotaban a la ondulación del galope de los corceles.
Aquella corte tan brillante; tan alegre, tan animada par contrarios sentimientos, llegó al Havre cuatro días después de su salida de París. Eran las cinco de la tarde, y aun no se tenía noticia alguna de la princesa.
Buscáronse alojamientos; pero desde entonces comenzó una gran confusión entre los señores, grandes disputas entre los lacayos, y en medio de aquel ruido el conde de Guiche creyó reconocer a Manicamp.
El era, en efecto, el llegado, pero como Malicorne habíase puesto su mejor traje, no pu-do él comprar más que un vestido de terciopelo violeta bordado en plata.
Guiche lo reconoció, por el vestido y el semblante. Había visto muchas veces a Mani-camp aquel traje violeta, su último recurso..
Manicamp presentóse al conde de Guiche bajo una bóveda de hachones que incendia-ban más que iluminaban él pórtico por el que se entraba en El Havre, situado cerca de la torre de Francisco I.
El conde, al ver la triste figura de Manicamp, no pudo contener la risa.
––¡Hola, mi Manicamp! Hétenos aquí violeta. ¿Estás de luto?