Sin adivinar nada sobre el proyecto del conde, sus amigos le siguieron, escoltados por una muchedumbre popular cuyas aclamaciones y alegría formaban feliz presagio para el proyecto, aun ignorado, de aquella fogosa juventud.
El viento soplaba fuertemente y densas ráfagas agitaban el mar.
Capítulo 84.- En el Mar
La mañana siguiente apareció un poco más serena, aunque el viento seguía soplando.
El sol habíase alzado sobre un lecho de nubes rojas, y lanzaba sus rayos ensangrentados sobre las crestas de las negras olas.
Los vigías acechaban impacientes. A eso de las once de la mañana se descubrió un bu-que que arribaba a velas desplegadas; otros dos le seguían a cierta distancia.
Venían como flechas disparadas por vigorosos arqueros, y no obstante, estaba la mar tan alborotada, que la rapidez de su marcha en nada disminuía los terribles balanceos de los buques.
Pronto conociéronse los colores de la flota inglesa; a la cabeza iba el buque, montado por la princesa con el pabellón del almirantazgo.
Inmediatamente se propagó el rumor de que llegaba la princesa. Toda la nobleza corrió al puerto y la plebe a los muelles.
Dos horas después, no atreviéndose los buques a aventurarse en la estrecha entrada del puerto, echaron anclas entre El Havre y el Hive.
Terminada esta maniobra; el navío almirante saludó a Francia con doce cañonazos, que fueron contestados uno a uno por el fuerte Francisco I.
Al momento salieron al mar cien embarcaciones, empavesadas de ricas telas y destina-das a conducir a los caballeros franceses hasta los buques anclados fuera del puerto.