o la madre extienden, como protector o vigilante, sobre el hijo o el amigo que se extravía.
A eso de las dos cayó el viento; isóse el sol, el mar quedó como una luna de cristal, y la bruma que cubría las costas se desgarró como un velo que vuela a pedazos.
Entonces se divisaron las risueñas costas de Francia con sus mil casas blancas, desta-cándose sobre el verde de los árboles o el azul del cielo.
Capítulo 85.- Las Tiendas
Como ya sabe el lector, el almirante había tomado el partido de no fijar la atención en los ojos amenazadores ni en los arrebatos convulsivos de Buckingham.
Efectivamente, desde la salida de Inglaterra se debía haber acostumbrado poco a poco a ellos.
El de Guiche no había advertido aún esa animosidad que el joven lord parecía tener co-ntra él; mas tampoco sentía ninguna simpatía por el favorito de Carlos II.
La reina madre, con mayor experiencia y fría calma, dominaba toda la situación, y co-mo conocía el peligro de ella, se disponía a cortar el nudo cuando llegase el momento.
Este momento llegó.
Se había restablecido la fría calma en todas partes, menos en el corazón de Bucking-ham, que en su impaciencia repetía a media voz a la joven princesa:
––Señora, señora, os suplico encarecidamente que saltemos a tierra, en nombre del Cie-lo. ¿No veis que ese fatuo de conde de Norfolk me hace morir con sus cuidados y adora-ciones hacia vos?
Enriqueta oyó estas palabras, sonrióse y dando a su voz esa inflexión de