hecho su provisión de tristeza, fue a acostarse, pensando por su parte que cuatro de seis ojos, tan ardientes como los de Guiche y de Buckingham, acechaban a su ídolo en el castillo de Blois.
––No es una guarnición muy poderosa la señorita de Montalais ––dijo bajando la voz y suspirando alto.
Capítulo 87.- Del Havre a París
Al día siguiente tuvieron lugar las fiestas con toda la pompa y alegría que permitieron los recursos de la ciudad y la disposición de los ánimos.
Luego de haberse despedido Madame de la escuadra inglesa, y saludando el pabellón de su patria, subió en una carroza rodeada de brillante escolta.
El de Guiche aguardaba que el duque de Buckingham volvería a Inglaterra con el almi-rante; pero Buckingham consiguió demostrar a la reina que sería impropio dejar llegar a Madame casi abandonada a París.
Estando ya resuelto que Buckingham acompañaría a Madame el joven duque se eligió una corte de caballeros y oficiales, de modo que se encaminó a París un ejercito, derra-mando el oro por en medio de las ciudades y aldeas que atravesaba.
El tiempo era espléndido. Francia es bella, sobre todo por el camino que atravesaba el cortejo.
Todo el itinerario fueron fiestas y embriaguez. Guiche y Buckingham todo lo olvida-ban; Guiche para reprimir las nuevas tentativas del inglés; Buckingham para despertar en el corazón de la princesa, un recuerdo más vivo de la patria a que se refería el recuerdo de los días felices.
Pero, ¡ah! El pobre duque podía notar que la imagen de su amada Inglaterra se borraba de día en día en el corazón de Madame, a medida que se imprimía más profundamente el amor a Francia.
Efectivamente, podía advertir que todas sus atenciones no despertaban