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coqueta como un demonio, y que, sin temer por su vez, buscaba siempre las ocasiones de peligro. Tenía, efectivamente, uno de esos corazones valientes y temerarios, que se complacen en los extremos de delicade-za, y buscan el hierro con cierto apetito de la herida.
   De modo que sus miradas y sonrisas, proyectiles inagotables, llovían sin descanso sobre los tres jóvenes; y de ese arsenal sin fondo salían ojeadas, besos de manos y otras muchas delicias que iban a herir a distancia a los caballeros de la escolta, a los campesinos, a los síndicos de las ciudades que atravesaban, a los pajes, al pueblo, a los lacayos y a todo el mundo; finalmente, aquello era un general estrago, una devastación universal.
   Cuando Madame llegó a París, había hecho en el camino cien mil enamorados y llevaba seis locos y dos privados de razón.
   Tan sólo Raúl, adivinando toda la seducción de esta mujer, y no teniendo en su corazón sitio donde pudiera clavarse una flecha, llegó frío y desconfiado a la capital del reino.
   Algunas veces habló, durante el camino con la reina de Inglaterra de este encanto em-briagador que Madame dejaba en derredor suyo; y la reina madre, que tantas desgracias y decepciones había sufrido, le contestaba.
   ––Enriqueta debía ser ilustre; bien naciendo sobre el. trono, bien en la obscuridad, pues es una mujer de imaginación, de capricho y de voluntad.
   Wardes y Manicamp, exploradores y correos, habían anunciado la llegada de la prince-sa. La comitiva vio aparecer en Nanterre una espléndida escolta de caballeros y de corazas.
   Era Monsieur, que, seguido del caballero de Lorena y de sus favoritos, y acompañados todos de la servidumbre militar de Su Majestad, venían a saludar a la regia prometida.

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