invitación, a pe-sar de los pasos que he dado por procurarme uno. ¿Podríais hacerme entrar?
––Sin duda.
––Pues hacedlo por mí, señor, vizconde.
––Lo haré con mucho gusto; acompañadme.
–– Soy vuestro fiel servidor, caballero.
––Creí que erais amigo de Manicamp.
––Sí, señor; mas esta mañana; estando viéndolo vestir, derramé una botella de barniz sobre su vestido nuevo, tan perfectamente, que he tenido que salir huyendo. Por eso no he pedido billete, pues me hubiese matado.
––Se concibe ––dijo Raúl––; Manicamp es capaz de matar al hombre que sea bastante desgraciado para llevar a cabo el crimen de que me habláis; pero yo repararé el mal con respecto a vos; voy a ponerme la capa; y estoy dispuesto a ser vuestro guía e introductor.
Capítulo 89.- Sorpresa de la Señorita de Montalais
La princesa Enriqueta se casó en el Palais Royal.
A pesar del alto favor que indicaba la papeleta de invitación, Raúl, fiel a su promesa, hizo entrar a Malicorne, deseoso de disfrutar aquel golpe de vista.
Cumplido este compromiso, Raúl se acercó a Guiche, quien, para formar contraste con sus espléndidos vestidos, mostraba un rostro tan conmovido por el dolor, que sólo el du-que de Buckingham podía disputarle en abatimiento y palidez.
––Ten cuidado, conde ––dijo Raúl acercándose a su amigo y preparándose a sostenerlo en el momento en que el arzobispo bendecía a los esposos.
Efectivamente; veíase al señor príncipe de Condé mirar pon curiosos ojos a estas dos imágenes de la desolación, de pie, como dos estatuas a ambos