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lados de la nave.
   El conde observó más cuidadosamente.
   Concluida la ceremonia, el rey y la reina pasaron al salón grande, donde se hicieron presentar a la princesa y a su séquito.
   Notóse que el rey, que había parecido sorprenderse a la vista de su cuñada, le hizo los más sinceros cumplimientos.
   Se notó también que la reina madre, fijando sobre Buckingham una mirada profunda, se inclinó al oído de madame de Monteville para decirle:
   –– ¿No veis qué parecido tiene con su padre?
   Se vio, finalmente, que Monsieur observaba a todos y parecía descontento.
   Hecho el recibimiento de los príncipes y embajadores, Monsieur pidió al rey el permiso de presentar, tanto a él como a su esposa; las personas de su nueva casa.
   ––¿Sabéis, vizconde ––dijo por lo bajo el príncipe de Condé a Raúl––, si el cuarto de la princesa ha sido formado por una persona de gusto, y si tendremos algunos semblantes bastante finos?
   ––Lo ignoro completamente, señor ––respondió Raúl.
   –– ¡Oh! Hacéis como que lo ignoráis.
   ––¿Eh, señor?
   ––Sois el amigo de Guiche, que es uno de los amigos del príncipe.   
   –– Ciertamente, señor; pero como el asunto no me interesaba, no he hecho pregunta al-guna a Guiche y por su parte Guiche, no habiendo sido interrogado, no se ha franqueado conmigo.
   ––Mas, ¿y Manicamp?
   ––He visto, es verdad, a Manicamp en El Havre y en el camino, pero he tenido el cui-dado de ser tan poco curioso con él como con Guiche. Además,

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