terminado de-jando ver en cada palabra intensa emoción.
Athos fijó en Bragelonne una mirada profunda mezclada de cierta tristeza.
–– ¿Luego habéis reflexionado bien? ––preguntó.
–– Sí, señor.
––Me parecía haberos dicho mi opinión respecto a este enlace.
––Lo sé, señor ––respondió Raúl en voz baja––; pero respondisteis que si insistía...
–– ¿E insistís?
Bragelonne balbuceó un sí casi ininteligible:
––Es preciso, en efecto, caballero ––continuó tranquilamente Athos––, que vuestra pa-sión sea bien fuerte, puesto que, a pesar de mi repugnancia a esta unión, persistís en de-searla.
Raúl. pasó por su frente una mano temblorosa, enjugando así el sudor que la inundaba.
Athos le miró, y la piedad descendió hasta el fondo de su, corazón.
Se levantó.
––Está bien: mis sentimientos personales nada significan, puesto que se trata de los vuestros; me rogáis y estoy a vuestras órdenes. Veamos, ¿qué deseáis de mí?
–– ¡Oh! Vuestra indulgencia, señor; ,vuestra indulgencia ante todo ––dijo Raúl cogién-dole sus manos.
––Os engañáis respecto de mis sentimientos hacia vos. Raúl; hay más que eso en mi co-razón ––replicó el conde.
Raúl besó la mano que tenía entre las suyas, como habría podido hacer el más apasio-nado amante.
––Veamos, veamos ––dijo Athos––; decidme, Raúl; vedme dispuesto: ¿Qué