––¿Me tomáis por una dueña? Su nombre.
–– ¿Lo exigís?
––Lo mando.
––El vizconde de Wardes.
––¡Ah! ––dijo tranquilamente Athos . Está muy bien; lo conozco. Pero nuestros caba-llos están ensillados, caballero, y, en vez de partir dentro de dos horas, partiremos inme-diatamente. A caballo, caballero, a caballo.
Capítulo 91.- El Duque de Buckingham Cela a Monsieur
Mientras el conde de la Fère se encaminaba directamente a París, acompañado de Raúl, el Palais Royal era teatro de una escena que Molière habría llamado eminentemente có-mica.
Era el cuarto día siguiente al de su casamiento, cuando, habiendo almorzado de prisa, Monsieur pasó por las antesalas frunciendo el ceño y mordiéndose los labios.
No había sido alegre el almuerzo; Madame se había hecho servir en sus habitaciones.
Monsieur almorzó, por tanto, con algunos amigos íntimos.
El caballero de Lorena y Manicamp eran los únicos que habían asistido a este almuerzo, que duró tres cuartos de hora, sin que durante él se hubiese hablado una sola palabra.
Manicamp, menos avanzado en la intimidad de Su Alteza Real que el señor de Lorena, procuraba en vano leer en los ojos del príncipe la causa de aquella fisonomía tan triste.
El caballero de Lorena que no tenía necesidad de adivinar nada, atendido que lo sabía todo, comedor con el apetito extraordinario que le daban los pesares ajenos, y gozaba a la vez con el despecho de Monsieur y la turbación de Manicamp.