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   Sentía placer en retener en la mesa al príncipe, que se abrasaba en deseos de dejar la si-lla.
   No pocas veces Monsieur se arrepentía de aquel ascendiente que había dejado tomar sobre él al caballero de Lorena, y que lo eximía de toda etiqueta.
   Monsieur hallábase en uno de esos instantes, pero temía al caballero casi tanto como le quería y se contentaba con rabiar interiormente.
   Alguna que otra vez Monsieur alzaba sus ojos al cielo, luego los bajaba sobre los peda-zos de pavo que el caballero atacaba; después, finalmente, no atreviéndose a estallar, se entregaba a una pantomima de la cual Arlequín se habría mostrado celoso.
   En fin, Monsieur no pudo contenerse, y a los postres, levantándose, irritado, como ya hemos dicho, dejó al caballero de Lorena que acabase el almuerzo a su gusto.
   Al ver levantarse al príncipe, Manicamp se puso en pie, servilleta en mano.
   Monsieur corrió hacia la antecámara y hallando a un ujier, le dio una orden en voz baja.
   Después, volviendo atrás a fin de no pasar por el comedor, atravesó sus gabinetes para ir a buscar a la reina madre a su oratorio, donde estaba habitualmente.
   Podrían ser las diez de la mañana.
   Ana de Austria escribía cuando entró el príncipe.
   La reina madre quería mucho a este hijo, bello de rostro y dulce de carácter.
   Monsieur, en efecto, era más tierno, o si se quiere, más afeminado que el rey.

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