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   –– ¿Dónde suponéis que estará?   
   ––¡Pardiez! A la puerta de la princesa, cuya salida del tocador espera; está fuera de du-da.
   –– ¡Bien! ––dijo Ana de Austria tranquilamente––. Tened la bondad de decir al duque que le ruego venga a verme.
   Felipe besó la mano de su madre, y partió en busca del duque de Buckingham.

   Capítulo 92.- “FOR EVER!”

   Milord Buckingham, accediendo a la invitación de la reina madre, se presentó en se cuarto una media hora después de la salida del duque de Orleáns.
   Cuando el ujier dijo su nombre, la reina, que se había acodado sobre la mesa; la cabeza entre las manos, se levantó y recibió con una sonrisa el saludo lleno de gracia que el du-que le dirigía.
   Ana de Austria era hermosa todavía. Sabido es que a la edad, ya avanzada que tenía en la época a que nos referimos, sus largos cabellos, sus bellas manos, sus encarnados la-bios, eran la admiración de cuantos la veían.
   En aquel momento, entregada toda a un recuerdo que removía lo pasado en su corazón, estaba tan bella como en los días de su juventud, cuando su palacio se abría para recibir, joven y apasionado, al padre de aquel Buckingham, aquel desgraciado por ella, y que había muerto pronunciando su nombre.
   Ana de Austria, fijó, por tanto, sobre Buckingham una ojeada tan tierna que se descu-bría a la vez en ella la complacencia de un afecto maternal, y algo dulce como una coque-tería de amante.
   ––¿Vuestra Majestad ––dijo Buckingham con respeto–– ha deseado hablarme?
   ––Sí, duque ––contestó la reina en inglés––, dadme el gusto de sentaros.

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