Este favor que hacía Ana de Austria al joven, ésta caricia del idioma del país de la que el duque estaba privado desde su permanencia en Francia, conmovieron hondamente su alma.
Adivinó al instante que la reina tenía algo que pedirle. Después de haber concedido los primeros momentos a la opresión invencible que había sentido, la reina prosiguió en tono risueño:
–– Caballero ––le dijo en francés––, ¿qué os parece Francia?.
––Un encantador país, Señora ––contestó el duque.
––¿Lo habíais ya visto?
––Una vez; señora.
––Mas, como todo buen inglés, preferiréis Inglaterra
––Amo más mi patria que la patria de un “francés ––respondió el duque––; pero si Vuestra Majestad me pregunta cuál de las dos Cortes prefiero, Londres o París, contestaré que París.
Ana de Austria observó el tono lleno de calor con que estas palabras fueron pronuncia-das.
––Tenéis, me han dicho, milord, muchos bienes en vuestra patria; habitáis un palacio rico y antiguo...
––El palacin de mi padre ––respondió Buckingham bajando los ojos.
–– Ventajas valiosas y recuerdos son éstos ––repuso la reina tocando a su pesar la cuer-da de sus memorias–– que uno no abandona gustoso.
––En efecto ––dijo el duque experimentando la influencia triste de este preámbulo––; las personas de corazón viven tanto del pasado como del presente, señora.
––Es cierto ––dijo la reina en voz baja.
–– Resulta de aquí ––añadió ––que vos, milord, que sois hombre de corazón.. . abando-náis pronto a Francia para encerraros en vuestras