cuándo de-cíais que en nosotros, los Buckingham, el tiempo nada puede.
––––¡Silencio! ¡Oh, silencio! ––exclamó la reina abrazando al duque con una ternura que no pudo reprimir––: ¡Marchad! ¡Marchad, ¡No ¡No me enternezcáis, no os olvidéis! Soy la reina, y vos súbdito del rey de Inglaterra; el rey Carlos os aguarda. ¡Adiós, Vi-lliers! Farewell, Villiers!
––For ever! ––replicó el joven.
Y huyó devorando sus lágrimas. Ana apoyó las manos sobre su frente; después; mirán-dose al espejo:
––Es muy fácil decir ––murmuró–– la mujer es siempre joven; siempre se tiene veinte años en algún rincón del corazón.
Capítulo 93.- Donde el Rey no Encuentra a la Srita. de La V. Apropiada.
Raúl y el conde de la Fère llegaron a París la noche del mismo día en que Buckingham había tenido su conferencia con la reina madre.
Apenas hubo llegado, el conde hizo pedir, por medio de Raúl, una audiencia al rey.
El rey había pasado una parte del día en mirar, con Madame y las damas de la Corte, te-las de Lyón que quería regalar a su cuñada. Había habido después comida en Palacio, juego, y, según la costumbre, el rey, abandonando el juego a las ocho, había pasado a su gabinete, para trabajar con Colbert y Fouquet.
Raúl permanecía en la antecámara en el momento en que salieron los dos ministros, y el rey lo divisó por la puerta entreabierta.
––¿Qué quiere el señor de Bragelonne? ––preguntó...
El joven se acercó.
––Majestad ––respondió––, una audiencia para el conde de la Fère; que llega de Blois con gran deseo de hablaros.