nada se viese, permitía al oído menos indiscreto oír lo que pasaba en ella.
No había, por tanto, duda de que el teniente de mosqueteros hubiese oído lo que pasara en el cuarto del. Rey.
Prevenido por las últimas palabras de Su Majestad, salió de él a tiempo de saludarle a su paso, y para acompañarle con la vista hasta que desapareció en el corredor.
Luego, y cuando el monarca hubo desaparecido, movió la cabeza de un modo que le, era peculiar, y con voz a la, cual cuarenta años pasados fuera de la Gascuña, no habían podido hacer perder su tono:
–– ¡Triste servicio! ––dijo––. ¡Triste amo!
Y, pronunciadas estas palabras, volvió a su sillón, extendió las piernas y cerró los ojos como hombre que duerme o medita.
Durante este corto monólogo, y mientras el rey, atravesando los Vastos corredores del antiguo ––castillo, se encaminaba al cuarto del señor cardenal, verificábase en éste una escena de otro género.
Mazarino se había acostado algo atormentado por la gota. Mazarino era hombre de or-den que utilizaba hasta el dolor, hacía de la velada sirviente humilde de su trabajo. Por esto se había hecho llevar por Bernoum, su ayuda de cámara, un pupitre de viaje, a fin de poder escribir sobre la misma cama.
Pero la gota no es enemigo que se deje convencer tan fácilmente, y a cada movimiento suyo el dolor sordo se convertía en agudo.
–– ¿No se halla aquí Brienne? ––preguntó a Bernouin.
––No, monseñor ––replicó el ayuda de cámara––. El señor de Brienne se ha ido a acos-tar con licencia vuestra. Pero si lo desea Vuestra Eminencia, puede despertársele.