mortal para cal-marme.
––Pues me parece que habéis dado con lo que necesitáis. Servidor, señor de Wardes; mañana por la mañana os dirá mi ayuda de cámara la hora precisa de la marcha. Viajare-mos juntos, como buenos amigos. ¡Adiós!
Buckingham saludó a Wardes y entró en la cámara del rey. Exasperado, Wardes salió del palacio, y tomó rápidamente el camino de la casa que habitaba.
Capítulo 95.- Baisemeaux de Montlezun
Después de la lección un poco dura dada a Wardes, Athos y Artagnan bajaron juntos la escalera que conduce al patio del palacio del rey.
––Ya veis ––decía Athos–– que Raúl no puede escaparse, tarde o temprano, de ese de-safío con Wardes, tan valiente como malvado.
––Conozco a esos Wardes ––replicó Artagnan––, pues tuve que hacer con el padre. Os confieso que me dio bastante trabajo; y eso que en aquel tiempo tenía yo buenos múscu-los y una firmeza salvaje. Amigo mío, hoy no se dan asaltos semejantes, y bien sabéis que yo tenía una mano férrea. No era un simple pedazo de acero, sino una serpiente que tomaba todas las formas para llegar a colocar convenientemente, su cabeza, es decir, para morder. No había fuerza humana capaz de resistir a semejante ferocidad, y, sin embargo, Wardes el padre; con su bravura de raza, me ocupó bastante tiempo, y tengo presente que al final del combate estaban cansados mis dedos.
––Pues el hiló buscará siempre a Raúl ––repuso Athos––, y acabará por encontrarlo, porque a Raúl se le halla siempre que se le busca.
––De acuerdo, amigó–– mío, pero Raúl calcula bien, ;y esperará ser provocado. Enton-ces es buena su posición. El rey no podrá enfadarse, y, además, ya encontraremos el me-dio de calmarle. Mas, ¿por qué esos temores