––Tanto mejor. Id, pues, a decir sencillamente al señor Fouquet que deseáis hablar al señor de Herblay.
–– ¡Es verdad! ¡Es verdad! ––exclamó Baisemeaux lleno de gozo.
––¿Y la palabra de honor? ––dijo Artagnan deteniéndolo con una mirada severa.
––¡Oh! ¡Sagrada! ––replicó el hombrecillo disponiéndos a correr.
–– ¿A dónde vais?
––A casa del señor Fouquet.
––No; el señor Fouquet está jugando con el rey. Con tal de que vais más temprano, habréis hecho todo lo que podéis hacer.
––¡Iré; gracias'.
––¡Buena suerte!
––¡Gracias!
Graciosa historia murmuró Artagnan, subiendo lentamente la escalera.
–– ¿Qué diablo de interés puede tener Aramis en obligar así a Baisemeaux?... Ya sa-bremos esto un día u otro.
Capítulo 96.- El Juego del Rey
Como había dicho Artagnan, Fouquet asistía al juego del rey. Parecía que la marcha de Buckingham había vertido un bálsamo sobre, todos los corazones ulcerados la víspera.
Moasieur, radiante, hacía señas afectuosas a su madre.
El conde de Guiche no podía separarse de Buckingham, y al mismo tiempo que jugaba charlaba con él sobre las eventualidades de su viaje.
Buckingham, pensativo y afectuoso como hombre de corazón que ha tomado su parti-do, oía al conde y dirigía de vez en cuando a Madame una mirada de ternura y de pena.
La princesa, llena de embriaguez, compartía su pensamiento entre el rey,