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que jugaba con ella, Monsieur, que le gastaba dulces bromas sobre sus enormes ganancias, y Guiche, que demostraba una alegría extravagante. De Buckingham ocupábase ligeramente, pues este fugitivo, este desterrado, no era para ella más que un recuerdo, no un hombre.
   Así son los corazones ligeros; entregados, a lo presente, rompen con todo lo que puede trastornar sus cálculos de bienestar egoísta. Madame se hubiese avenido a las sonrisas, gentilezas y suspiros de Buckingham presente; ¿pero a qué suspirar, sonreír y arrodillarse   desde lejos? El viento del Estrecho que arrastra a los navíos, ¿dónde lleva los suspiros?
   El duque advirtió este cambio, y padeció mortalmente su corazón. Naturaleza delicada, orgullosa y susceptible de profunda adhesión, maldijo el día en que la pasión entrara en su alma.
   Las miradas que enviaba a Madame se enfriaron poco a poco al soplo glacial de su pen-samiento. Aún no podía despreciar, pero fue bastante fuerte para imponer silencio a los gritos tumultuosos de su corazón.
   A medida que Madame adivinaba este cambio, aumentaba su actividad para recobrar la radiación que perdía; su ingenio; tímido e indeciso al principio, se manifestó luego con brillantez; era necesario que a toda costa fuera notada por encima de todos, hasta del mismo rey.
   Y lo fue. Las reinas, no obstante su dignidad; el rey, a pesar de los respetos de la etique-ta, fueron eclipsados.
   Las reinas, rígidas y envaradas, humanizáronse y rieron. La reina madre se admiró de este brillo que volvía a su raza, gracias al talento de la nieta de Enrique IV.
   El rey, celoso como joven y como rey de todas las superioridades que le rodeaban, no pudo menos de rendir las armas a esa petulancia francesa, cuya energía realzaba más el humor inglés.

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