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   ––Solicitad cualquiera otra cosa, seré feliz en concederla, habiéndoos rehusado ésta.
   –– ¿Cualquiera otra cosa?
   ––¡Sin _duda! ¿No estoy absolutamente a disposición de Vuestra Majestad? ¡Hola! ¡Bernouin, antorchas; guardias para Su Majestad! Su Majestad vuelve a su aposento.   
   ––Aún no, cardenal, y puesto que ponéis vuestra buena voluntad a mi disposición, voy a usar de ella.   
   ––¿Para vos? ––preguntó el cardenal, esperando que por fin iba a tratarse de su sobrina.
   ––No, señor, no es para mí, sino para –– mi hermano Carlos también. Obscurecióse el semblante de Mazarino, y murmuró algunas palabras que el rey no pudo entender.

   Capítulo 11.- La Política de Mazarino

   En vez de aquella especie de duda con que un cuarto de hora antes se había acercado el rey, al cardenal, podía leerse ahora en sus ojos aquella voluntad contra la cual puede lu-charse, y que podrá destruirse quiza por su propia impotencia, pero que al menos conser-va como una llaga en el fondo del corazón el recuerdo de su derrota.
   ––Esta vez, cardenal, se trata de una cosa más fácil de encontrar que un millón.
   –– ¿Tal creéis, Majestad? ––dijo Su Eminencia mirando al rey con aquella mirada astu-ta, que leía en lo más profundo de los corazones.
   ––Sí, lo creo, y cuando sepáis el fin de mi demanda...
   –– ¿Y creéis que no lo sé, Majestad?
   –– ¿Sabéis lo que me resta deciros? Oíd las propias palabras del rey Carlos...

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