–– ¡Oh! ¡Veamos!
––Oíd: “Y si ese avaro, si ese pícara italiano”, ha dicho el... ¡Señor cardenal!..
––Este es el sentido, si no las palabras. ¡Dios santo! No le quiero mal por esto. Cada uno ve con sus pasiones. Repito que ha dicho: “Y si ese pícaro italiano os niega el millón que le pedimos, si nos vemos precisados, faltos de dinero, a renunciar a la diplomacia, entonces le pediremos quinientos caballeros…”
El rey experimentó un movimiento de agitación, Su Eminencia no se había equivocado más que en el número de hombres.
–– ¿No es cierto, Majestad, que es así? ––dijo el ministro con acento triunfante.
En seguida añadió:
––El rey Carlos ha dicho: “Tengo amigos al otro lado del Estrecho, a quienes sólo falta un jefe y una bandera de Francia, se aliarán a mí, porque comprenderán que tengo vuestro apoyo. Los olores del uniforme francés valdrán a mi lado el millón que nos haya denega-do el señor Mazarino (porque sabía muy bien que yo negaría este millón). Venceré con estos quinientos caballeros, y todo el honor será vuestro”. Esto es lo que ha manifestado, poco más o menos, ¿no es verdad? Envolviendo estas palabras en metáforas resplande-cientes y en imágenes pomposas, porque todos son habladores en la familia. Su padre habló hasta en el patíbulo.
El sudor de la vergüenza corría por la frente del rey, sintiendo que no correspondía a su dignidad oír insultar de ese modo a su hermano; pero, aún no sabía tener voluntad, sobre todo frente aquél, ante quien todos se habían doblegado, hasta su misma madre.
Al fin hizo un esfuerzo.